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FUE ESCRITA POR MIRTA LLEGPA

La laguna Cabeza del Buey tiene su propia leyenda

abr. 15, 2018 11:32

en Información General

Diario La Mañana de Bolívar - Información General - La laguna Cabeza del Buey tiene su propia leyenda

Mirta Elena Llegpa, docente jubilada, escritora y poeta por vocación, se dedica a la escritura para niños y su fuerte son las leyendas. Luego de publicar la de la Laguna del Parque Las Acollaradas, a pedido de sus conocidos, escribió la de La Cabeza del Buey.

Mirta fue maestra del área de lengua durante 15 años, de niña tuvo contacto con los libros y aprendió a leer antes de comenzar la escuela primaria Nº 7, institución que, con el paso del tiempo, la vio crecer como docente.

Una vez jubilada,Llegpa se enfocó en los niños, empezó a escribir cuentos y poesías. En su trayectoria como escritora publicó varios libros y también sus letras integraron antologías que recorrieron España, Miami y Latinoamérica.

La escritora buscó leyendas desconocidas para los niños y, con el fin de que tuvieran otra visión, redactó entre otras la del Viento Zonda, la del Lanín, la del Rey de los Guanacos, la del Quebracho Colorado, la de la Piedra Movediza y la del Cardón. El libro se publicó bajo el título “Leyendas argentinas para chicos argentinos”.

Luego de esa publicación, en el año 2008, pensó que faltaba en Bolívar la leyenda de la Laguna del Parque y es por eso que se abocó a escribirla. Tres amigos de Mirta que pudieron leer la leyenda de la Laguna, María de Flores, NelitaDidoménico y Leo Arrospide crearon, cada uno en su estilo, una carátula para la obra.

El último escrito de Llegpa tiene que ver con la leyenda de la laguna Cabeza del Buey. “No creo que exista, entonces la inventé para que quede en Bolívar la historia. Tuve muchas vueltas porque no conozco la laguna, busqué en internet para ubicarme geográficamente e históricamente, luego saqué mis propias ideas y la escribí con un buey como personaje principal”, contó la escritora sobre su producción.

Leyenda de la Cabeza del Buey 

Mirta Llegpa, escritora bolivarense (2018)

Huarpi era viejito. El más antiguo de la tropa, el más cansado y dolorido por el paso.

Estaba acostumbrado a que al “criollo”, como lo llamaban a su dueño, lo cargara de cueros, carnes saladas, plumas y sal, entre otras cosas.

Habían llegado antes que los indios, y podría reposar, amparado por los grandes médanos cerca de ese espejo de agua cristalina.

Anochecía. Se puso a beber en la orilla, observaba a patos, flamencos y otras aves que ya llegaban a reposar, al acercarse el anochecer.

Estaba solo, los otros bueyes lo consideraban de mal carácter y muy triste, y se alejaban, en lo posible, de él.

No veía el momento en que no lo necesitaran más y lo abandonaran en la inmensa pampa, para siempre.

Aunque tenía mal carácter y peor el oído, se acercó a los hombres que conversaban entre sí.

Alcanzó a escuchar, mientras levantaban las carpas, que iban a renovar la tropa pues las bestias estaban demasiado lentas, perdiendo ellos muchas horas de marcha.

Opinaban que la hora de Huarpi había llegado y que su sangre le agradaría a los indios, como bebida, cuando llegasen próximamente.

El mundo del buey cayó en pedazos… no habría llanura, ni cielo azul, ni noches estrelladas, ni brisas, ni lluvia…

Se desesperó. La noche avanzaba y ya se oía a lo lejos el galope de los indios que se acercaban… y su fin.

No lo iba a permitir nunca; su cabezota pensaba y pensaba qué hacer. No quería morir de esa manera.

Nadie le valoraba lo que había trabajado y cargado…

No durmió esa noche; olfateaba ya, el olor grasiento de los salvajes que llegaban, ya imaginaba su final.

Al amanecer el criollo se acercó a la tropa y se puso a contar los bueyes, debían partir. Se detuvo un momento. Faltaba uno: Huarpi. Volvió a recontar… y sí, faltaba uno.

Cuando salió el sol, la laguna semejaba a un enorme espejo, dorado, silencioso.

Algo extraño flotaba justo en su centro.

Llamó a sus compañeros que tenían un catalejo español y enfocaron hacia allí. Quedaron sorprendidos.

Viendo claramente, emergiendo, la cabeza del buey Huarpi, que al fin había tomado su decisión.

Desde ese día ese espejo de agua se conoció como “Laguna de la Cabeza del Buey”.

Aún en el siglo XXI se la sigue llamando así, está ubicado a 10 kilómetros de la ciudad de Bolívar, en el viejo camino a la población de Juan Francisco Ibarra.

Fue una de las aguadas más importantes durante la expedición a las Salinas Grandes, donde se descansaba y se hacían trueques diversos entre indios y cristianos, o cristianos entre sí.

Hoy es zona turística y arqueológica.

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